Después de ocho años navegando, esta última travesía ha hecho que vea la mar y el cielo, que comience a hablar con ellos, comprenderlos, aprender. Zarpamos de Portosanto con viento cómodo de través y a rumbo. Teníamos que llegar lo más al noreste y lo más rápido posible para poder enlazar con vientos portantes que nos empujaran hacia la Península, antes de que estos desapareciesen, y parecía que lo estábamos consiguiendo. El parte meteorológico había lanzado un aviso por chubascos. Nosotros íbamos muy rápido y lográbamos esquivar los cumulonimbos que iban apareciendo. Hasta que uno de ellos nos atrapó, descargando sobre nosostros toda su violencia. Llevábamos mucho trapo y no podíamos ni pensar en atravesarlo, así que tuvimos que poner pies en polvorosa para salir cuanto antes de su influencia. En diez larguísimos minutos perdimos todo el Norte que habíamos logrado ganar durante las cinco últimas horas, y con el Norte, el ángulo con respecto al viento para poder llegar donde teníamos que llegar, y por si aún nos quedaba alguna duda, el viento roló al Noreste, desbaratando por completo nuestra estrategia y limitando nuestras opciones. Ya solo podíamos hacer tres cosas: abortar la travesía y regresar a Portosanto, dirigirnos a la costa marroquí, para luego intentar subir poco a poco, o poner rumbo Noroeste hacia las Azores para ganar latitud, esperando llegar a la cola de la borrasca que se estaba formando en el Norte de Portugal. Tomamos esta última opción, llevando un rumbo muy cerrado, intentando no ganar demasiada longitud. Pero cada vez nos adentrábamos más en el anticiclón e iba a ser muy complicado salir de ahí. De hecho, tardamos tres días en escapar de ese al que nombramos como "el anillo de la desesperación". Y al cabo de esos tres días, solo nos habíamos alejado ochenta millas de Portosanto y aún nos restaban cuatrocientas para llegar a la Península. La travesía iba a ser larga y ahí empezó a estresarnos otra cuestión: la preocupación de nuestros familiares y amigos ante nuestra tardanza.
Cada vez se instauraba más el anticiclón y necesitábamos salir de él cuanto antes. Había que mover ficha de nuevo para poder tener opciones. Viramos al Este, siempre muy ceñidos, y al fin, el jueves nos dimos de lleno con las estivaciones de la depresión. Hicimos por meternos en ella y no perderla. Sabíamos que era lo único que podía llevarnos a nuestro destino. Teníamos que tener mucho cuidado y seguir una línea isobática, tanto para no perder la borrasca como para no introducirnos demasiado en ella. La consulta al barómetro se convirtió entonces en un hábito horario. Por fin, encontramos la autopistra hacia casa. Una vía nada cómoda y cargada de cuestiones y trabas: mar de fondo de tres metros, viento racheado y siempre por la amura, frío y lluvia, hasta el domingo por la tarde, cuando llegó el temporal. La Génova se deshizo ante nuestros ojos, la baluma se desprendió y los paños se desintegraron. Encendimos motor. Bien amarrados a la línea de vida, luchamos por arriar el foque. Un golpe de viento seccionó la driza y cayó al agua, y acabó enredándose en la hélice del motor. Desde ese momento, ya solo disponíamos de la mayor para gobernar la embarcación, y esta, rizada al máximo, nos llevaba bastante rápido y sin perder rumbo. Estábamos muy cansados. Llevábamos días sin dormir y en esos momentos no nos podíamos permitir el lujo de relajarnos. El interior del O2 se convirtió entonces en un taller de costura que se deslizaba por las vias de una montaña rusa. Cosimos y parcheamos de urgencia la Génova, a sabiendas de que no podríamos izarla por el momento; y confeccionamos un tormentín con retales que llevábamos a bordo. Qué satisfacción cuando lo izamos y comprobamos que cumplía su labor.
Al día siguiente el tiempo comenzó a mejorar. Nos faltaban menos de cien millas para la arribada. Cuando logramos fondear con mucho esfuerzo frente a IslaCristina, y después de pisar tierra, mientras tomábamos unas cañas con unas buenas raciones de pescaíto, la extenuación cayó sobre nosotros, empapándonos, llevándonos, al fin, al descanso que tanto necesitábamos y ansiábamos.
domingo, 2 de junio de 2013
Bautizados
jueves, 2 de mayo de 2013
Nuevo rumbo
martes, 5 de marzo de 2013
Guerra y paz
Se dio un aviso de temporal y, por
supuesto, este no quería faltar a su cita. Ultimamos los
preparativos para dirigirnos a puerto pero cuando dimos al contacto,
el motor no emitió ni un suspiro. Las baterías estaban agotadas y
el cielo cargado de nubes no dejaba nutrirse a la placa solar. No
quedaba alternativa: había que comprar una batería nueva con
urgencia si queríamos cobijarnos a tiempo. Por suerte, y gracias a
la ayuda de unos vecinos, llevamos la batería a bordo y tras tres
horas de navegación algo agitada, pudimos ocupar el atraque
asignado. El puerto de Mogán estaba a rebosar y los tripulantes,
atareadísimos, trincaban a conciencia todo sobre cubierta y
comprobaban una y otra vez las amarras de sus embarcaciones. El
viento llegó con puntualidad y violencia, con rachas de hasta ciento cuarenta kilómetros por hora, la lluvia golpeaba de costado colándose
por cualquier ranura y el oleaje rompía parabrisas y abollaba la
chapa de los coches aparcados junto al rompeolas. Un espectáculo
caótico que contrastaba con lo apacible del interior del O2.
Cuando pasó lo más duro, sobre cubiertas y pantalanes, todos
hacíamos balance de los desperfectos.
jueves, 14 de febrero de 2013
miércoles, 13 de febrero de 2013
Arguineguín
Y ahora me encuentro aquí, sobre
cubierta, tomando el sol, almorzando y sintiéndome orgulloso ante la
aglomeración de gente que frente a mí, en la costa, observa los
cuadros y conversa con Almudena. Sin duda este es un buen sitio, o
así me lo parece a priori.
Llegamos hace unos días, después de
un par de jornadas de lenta navegación desde las Palmas. Nuestro
destino se encontraba a tan solo cuarenta millas de allí, pero el
poco
viento que había siempre lo
encontrábamos por proa, así que nos lo tomamos con mucha calma.
Arguineguín es la primera población
de la costa oeste que te encuentras al llegar desde el sur. El
suroeste de esta isla es una costa calma y cálida y repleto de
turismo. Sin embargo, Arguinegín es tranquilo, sin mucho bullicio, y
barato, si lo comparamos con a lo que nos tiene acostumbrado la costa
canaria. Es, como aquí se dice, la ciudad más cálida de Noruega y
no les falta razón. Aquí, en Arguineguín, existe una gran colonia
establecida de noruegos todo el año y ha desbancado a la población
guanche, quienes viven en la periferia, en chabolas o construcciones
muy humildes que contrastan enormemente con los bloques de
apartamentos escandinavos y los hoteles hechos para albergarlos en
sus periodos vacacionales de invierno. Todo lo que puedes encontrar
aquí o bien es noruego o está hecho para el noruego. Precisamente,
en donde ahora se encuentra Almudena, es una parte del paseo marítimo
que linda con la iglesia de Noruega, pero también hay colegio
noruego, clubs,cafeterías... e incluso en los supermercados se
venden los productos habituales para la elaboración de su
gastronomía y hasta puede encontrarse su comida basura favorita.
Pasaremos aquí las próximas semanas
resolviendo algunos problemas que han aparecido en el O2
en los últimos días, como la rotura de la
palanca del acelerador, un inexplicable golpe un tanto feo en la pala
del timón, un desgarrón en la génova... y prepaparemos nuestra
nueva etapa, empezando por la ansiada travesía a Madeira que, si es
posible, la emprenderemos a mediados de marzo.
viernes, 7 de diciembre de 2012
Las Palmas de Gran Canaria
La Graciosa quedó atrás
hace ya tiempo, o al menos a mi me resulta ya muy lejano. Desde
entonces, y hasta que arribamos aquí, a Las Palmas de Gran Canaria,
hemos conocido lugares y tenido encuentros de lo más variopintos,
como un tiburón enorme que estuvo rondando el barco durante un buen
rato pocas millas después de zarpar de La Graciosa, el peculiar
desembarco que protagonizamos unas horas más tarde en Punta Mujeres,
a nado, y la acogida que recibimos nada más pisar tierra por una
maravillosa pareja que nos invitó en su casa a unos vinos y unos
aperitivos estando nosotros aún chorreando, el agobio de Arrecife
por los miles de guiris que desembarcaban, como zombis, de los dos
transatlánticos que arribaban a su puerto a diario, la conversación
en su barbería con un viejo y bien pensante barbero, lo absurdo,
urbanísticamente hablando, de Puerto del Rosario, en Fuerteventura,
el bonito pueblo pesquero de La Playita, lo transitado de una
corriente frente a Costa Calma por bonitos, tortugas y delfines, la
horrible noche que pasamos fondeados en Punta Jandía, siguiendo el
consejo del derrotero número cuatro de nuestro queridísimo
instituto hidrográfico, el comienzo de la construcción de nuestra
nueva embarcación auxiliar en Morro Jable, la llegada a las Palmas y
la indescriptible sensación que sentí al darme una ducha de agua
caliente, la primera para mi desde hacía tres meses, el encuentro
con los participantes de la ARC y la decepción que nos produjeron,
puesto que eran de todo menos marinos y el haber encontrado una buena
galería en la que desde el día 30 de noviembre y hasta mediados de
enero se podrán ver y adquirir obras mías en la exposición
colectiva de pequeño formato que se ha iniciado. Por si alguno está
interesado, os informo de su situación y contacto:
Galería Cuadro.
C/ León y Castillo, 9.
35003 Las Palmas de Gran
Canaria
sábado, 27 de octubre de 2012
La Graciosa
Abandonamos Lobos muy
contentos por haberlo conocido una madrugada en la que la predicción
marítima, a priori, era favorable, con vientos suaves del Oeste que
se intensificarían un poco por la tarde y un mar de fondo de 1 a 2
metros. Y así se cumplió la predicción durante gran parte de la
travesía pero ya en las últimas 20 millas, el cielo comenzó a
llenarse de nubarrones muy densos y oscuros y el viento empezó a
arreciar. Nos sorprendieron los primeros chubascos y los siguientes
logramos dejarlos atrás, gracias a la velocidad que íbamos
adquiriendo, de manera progresiva, milla tras milla, hasta que
finalmente nos vimos sumergidos en medio de un espeso frente que nos
caló hasta el tuétano, hizo que perdiéramos de vista la costa y
que nos traía olas de tres metros y vientos de 35 nudos, los que nos
hacían volar de través a una velocidad de 9 nudos, con tan solo la
génova izada; aún así llevábamos demasiado trapo. Esto hizo que
la navegación resultase muy excitante aunque para los dos
tripulantes que llevábamos a bordo, quienes desde hacía ya rato
luchaban en el interior del barco contra el mareo, fue un verdadero
infierno.
A pesar de todo, a la
hora prevista, fondeamos con algo de dificultad en la playa de los
franceses bajo una intensa lluvia. Allí permanecimos durante tres
días al socaire de la Montaña Amarilla, un cono volcánico
encumbrado por óxido granate y por cuya ladera Sur desciende hacia
el mar tierra teñida por azufre en un ocre intenso. Llevamos en esta
isla una semana y nos encontramos muy bien aquí, un lugar encantador
en el que viven alrededor de 700 personas en pequeñas casas blancas
en calles sin asfaltar, de arena. Un pequeño pueblo rodeado de
tierra virgen con todas las necesidades cubiertas y preparado para
una vida tranquila. Nada de paro, juventud y muchos, muchos niños
que incluso reciben alguna de sus clases en la playa en vez de en el
aula, aprovechando la bonanza del tiempo. Una verdadera delicia.
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